Lo estás comenzando a experimentar hace unos días. Semanas quizás. Caminas bajo el cenit y sientes el calor en la piel mientras el sol alcanza su punto más alto sobre el horizonte y ese es el denominado Mediodía. En este preciso instante la atmósfera permite el paso de la luz UVB que es la única frecuencia capaz de estimular la creación de nueva melanina en tu organismo. La luz de la mañana o de la tarde compuesta principalmente por UVA solo tiene el poder de oscurecer el pigmento que ya posees a través de la pigmentación inmediata. Necesitas indudablemente un elemento para estar protegido. El sol del mediodía no es el enemigo que nos han contado sino el arquitecto fundamental de nuestra fotoadaptación y resiliencia cutánea. Nosotros somos seres fotobiológicos diseñados para interactuar con esta danza solar por mucho que quieran hacer otra especie de Big reset de Salud y Hábitos. Sin esa exposición regular carecemos de la base necesaria para enfrentar la radiación. El tiempo importa tanto como la luz misma.

El proceso de adaptación y defensa comienza con un daño controlado en el ADN de los queratinocitos epidérmicos. Este pequeño estresor hormético actúa como una señal de alarma necesaria para despertar la maquinaria de supervivencia. La formación de nueva melanina ejemplifica a la perfección la definición de hormesis ambiental que te he mencionado ya en innumerables ocasiones, donde lo que parece herir en realidad fortalece. La cascada se inicia con la activación del gen POMC que libera la hormona alfa-MSH para buscar su receptor MC1R. Una vez unidos el AMP cíclico moviliza a la proteína quinasa A y a los factores de transcripción CREB y MITF para elevar la producción de tirosinasa. Es un proceso fisiológico que acaba en la síntesis de pigmento y la liberación de beta-endorfinas. La evolución ha premiado este mecanismo durante millones de años para asegurar nuestra permanencia bajo el cielos con y sin nubes. Tu cuerpo busca el sol porque el sol es su combustible primigenio.

Los Zoohumanos modernos y sus instituciones nos han vendido una narrativa con tal de evitar el sol de modo absolutista y fundamentado en el miedo y la ignorancia. Cubrirse con protectores químicos y petrocremas de forma obsesiva impide la formación de la barrera de melanina y bloquea la síntesis vital de Vitamina D. Una piel que nunca ve el sol se vuelve atrófica y carece de los secosteroides que regulan la diferenciación celular saludable. El efecto de pigmentación inmediata provocado por los UVA solo oscurece lo que ya está allí sin crear nueva protección real para el núcleo. Cuando esa piel debilitada se expone finalmente a luces azules artificiales sufre un daño profundo que no puede reparar. La estimulación de los melanocitos a través de la opsina OPN4 en entornos iluminados artificialmente crea un estrés oxidativo no fisiológico. No existe el contrapunto del rojo o el infrarrojo para mitigar el impacto térmico y regenerativo y la disrupción del ritmo circadiano por esta luz azul daña la vigilancia inmunológica contra las células precancerosas. El exceso de deuterio en las mitocondrias (que esto da para otra entrada de blog) y una mezcla inadecuada de ácidos grasos completan este escenario de enfermedad multifacética.


Muchos individuos se consideran búhos nocturnos por genética cuando en realidad sufren una desincronización ambiental severa y dolorosa y de verdad, no se trata de una situación irremediablemenete genética como acabo de decir, sinouna consecuencia del entorno artificial en el que habitamos cada día.
Existen excepciones raras como la mutación ADRB1 (de la que ya hemos hablado en alguna ocasión) que permite a ciertas personas dormir muy pocas horas con una recuperación fisiológica acelerada. También está el gen CRY1 con su variante CRY1Δ11 que funciona como un freno roto en la maquinaria del sueño profundo. Esta mutación ralentiza el reloj interno al no poder inhibir correctamente a los genes Clock y Bmal1 que son los aceleradores de la vigilia.
En estudios celulares este fenómeno alarga el ciclo biológico hasta alcanzar las treinta y dos horas en un desfase perpetuo. Según el metaanálisis de Chronobiology International esta desincronización crónica es precursora de la diabetes tipo dos y de graves trastornos del estado de ánimo. La mayoría de nosotros simplemente vivimos bajo un jet lag provocado por una señalización deficiente y luces LED.

El camino hacia la recuperación biológica comienza con un anclaje solar matutino inmediatamente después de abrir los ojos al nuevo día. Debes permitir que los primeros fotones de la mañana programen tu reloj central para optimizar la producción de hormonas vitales. La nutrición también debe alinearse con este ritmo cerrando el día metabólico con una cena temprana antes de las ocho de la tarde. Trata de retrasar el consumo de cafeína unas horas para proteger la presión natural del sueño en el cerebro.
A partir de las nueve de la noche las pantallas deben apagarse definitivamente para permitir que la melatonina inicie sus procesos naturales. Y recuerda que el dormitorio debe ser un santuario de oscuridad absoluta que facilite la reparación inmunológica y mitocondrial profunda. Eres el único responsable de la luz que permites entrar en tus ojos y en tu vida cada jornada. Debemos obligatoriamente recuperar el ritmo ancestral porque es lo más parecido a un acto necesario de soberanía biológica frente al caos del progreso tecnológico.
Tu salud depende de tus ritmos.
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