Levantar la vista al cielo nocturno y encontrar un rostro en la Luna, o descubrir formas de animales en el caprichoso relieve de las nubes, no es un simple pasatiempo infantil. Es el eco de una herencia evolutiva profunda. Como especie, hemos estado -y algunos tratamos de estarlo hoy en día- psicobiológicamente programados para buscar intención, vida y propósito en cada rincón del mundo natural. Pero, ¿cuándo se encendió esta primera chispa de religiosidad (si es que se puede llamar así) en nuestra mente?
Durante décadas, el origen de la fe fue un territorio reservado a la teología o la filosofía especulativa, pero un estudio de Peoples et al. (2016) ha cambiado las reglas del juego.

Al aplicar análisis filogenéticos —el mismo método que usamos para rastrear el árbol de la vida— a 33 sociedades de cazadores-recolectores, los investigadores han logrado reconstruir los estados ancestrales de la fe. Lo que han hallado no es solo una lista de dogmas, sino el mapa de cómo nuestra cognición social esculpió lo sagrado.
Los análisis filogenéticos son métodos científicos que usan datos genéticos y lingüísticos para rastrear la historia y evolución de las sociedades humanas. En este estudio, sirvieron para reconstruir las creencias espirituales de nuestros ancestros y determinar el orden en que surgieron rasgos como el chamanismo o la vida después de la muerte. Gracias a ellos, se confirmó que el animismo es la religión más antigua de la humanidad, existiendo mucho antes que otros conceptos espirituales
Mucho antes de que construyéramos templos o redactáramos escrituras sagradas, el mundo entero entendia lo espiritual des un modo diferente al pensamiento moderno. El hallazgo más rotundo del estudio es que el animismo es la forma más antigua de espiritualidad, con una antigüedad que se remonta a cientos de miles de años. En este estado ancestral, la religión no era una institución, sino una "llave cognitiva" para interactuar con un entorno donde cada roca, río o jaguar poseía una fuerza vital e intencionalidad.
Para nuestros antepasados, el animismo probablemente precedió al lenguaje complejo. No era una "creencia" en el sentido moderno de elegir un dogma; era la percepción inmediata de la realidad. Esta estructura mental permitió a los primeros humanos navegar un mundo incierto, otorgándole un sentido social a los fenómenos naturales.
"El animismo, la creencia de que todas las cosas tienen espíritus o fuerzas vitales, es considerada la forma de religión más ancestral que data de cientos de miles de años, influenciando la evolución de nuestras estructuras sociales y procesos cognitivos". (Peoples et al., 2016)
La espiritualidad no es un accidente cultural, sino un subproducto de ser animales profundamente sociales. El estudio revela que nuestra mente posee una predisposición biológica hacia el animismo debido a dos mecanismos fascinantes: la Teoría de la Mente y la prioridad del significado sobre la saliencia visual.
Nuestro cerebro es una máquina de detectar intenciones. Evolucionamos necesitando adivinar qué pensaba el vecino para cooperar o competir; pronto, esa misma facultad se extendió a la naturaleza. Si podemos atribuir estados mentales a un compañero, es un salto evolutivo natural atribuirlos al trueno o al depredador que acecha. Además, el ojo humano prioriza aquello que tiene significado social (como un rostro) por encima de lo que simplemente brilla o destaca. Esta tendencia a "antropomorfizar" el entorno fue crucial para la cohesión del grupo, transformando un paisaje mudo en un diálogo con lo invisible.

Al reconstruir el árbol evolutivo de las creencias, los investigadores identificaron una secuencia probable de complejidad. Mientras que el Animismo se presenta como el fundamento indiscutible y universal, la aparición de los otros rasgos muestra lo que en estadística llaman "equivocidad".
Esto significa que, aunque hay un patrón claro, no podemos afirmar con certeza absoluta si el Ancestro Común más remoto ya practicaba el chamanismo o creía en el más allá. Lo que observamos es una ramificación de la complejidad:
Animismo: La raíz segura y universal.
Creencia en el más allá: La idea de que la esencia sobrevive a la muerte (probable, pero estadísticamente más incierta en el origen).
Chamanismo: La figura del mediador que sana y cohesiona.
Adoración a los antepasados: El culto a los parientes fallecidos.
Esta cronología sugiere que a medida que las sociedades crecieron en complejidad también lo hicieron sus herramientas espirituales, pasando de sentir el espíritu en el viento a buscarlo en los ojos de un chamán o en la memoria de los muertos.
#4. El mito del "Dios Creador" como punto de partida
Uno de los descubrimientos más contraintuitivos es que la idea de un "Dios Alto" o creador único fue uno de los últimos rasgos en evolucionar. A diferencia del animismo, que parece brotar de nuestra biología, los Grandes Dioses son un fenómeno independiente o "stand-alone".
El estudio sugiere que los "Altos Dioses" no son una necesidad biológica, sino una herramienta sociopolítica. Evolucionan rápidamente y son propensos al "préstamo cultural" porque sirven para gestionar poblaciones más grandes y menos igualitarias. Mientras que los espíritus ancestrales se sienten como iguales con los que se negocia, los dioses monárquicos y creadores suelen ser el reflejo de estructuras sociales jerárquicas donde se requiere una autoridad suprema para vigilar la moralidad y los contratos sociales en grupos donde ya no todos se conocen entre sí.
#5. Igualitarismo en la tierra, igualdad ante los espíritus
Desde una perspectiva que valora el orden orgánico y las estructuras sociales naturales, es preciso matizar que el igualitarismo de nuestros ancestros no debe confundirse con el concepto ideológico moderno; se trataba de una simplicidad estructural propia de pequeñas poblaciones de individuos autosuficientes donde los problemas de acción colectiva eran menores por lo que la espiritualidad ancestral era predominantemente animista, centrada en una naturaleza viva y no en "Grandes Dioses" que dictaran normas morales desde una jerarquía celestial.
Bajo esta visión, el orden no se delegaba a un tribunal divino, sino que se mantenía a través de la responsabilidad comunitaria inmediata. Como señala el estudio de los !Kung, las malas acciones se corregían o vengaban en el propio contexto social, ya que los asuntos humanos no se consideraban incumbencia de deidades mayores.
Esta autonomía espiritual refleja un mundo donde el poder no estaba centralizado, y donde la figura del "pecado" contra un dios era inexistente porque la justicia era una tarea humana y directa.
Finalmente, los dioses morales castigadores se presentan en las fuentes no como una verdad ancestral, sino como una característica que surgió tardíamente en la evolución religiosa.
Estos fueron necesarios para el crecimiento y la estabilización de las grandes civilizaciones, actuando como un mecanismo de supervisión cuando el contacto cara a cara ya no era suficiente para mantener la cohesión. Por tanto, la aparición de deidades autoritarias parece estar ligada a la transición hacia estructuras sociales más complejas y menos a la infancia espiritual de nuestra especie.
No creo que tengamos únicamente que ver al animismo como una reliquia olvidada del plaeolítico, más bien debemos comprenderlo y asumirlo como una especie de sustrato sobre el que todavía camina nuestra psique. Sigue presente cuando le hablamos a nuestras mascotas, cuando bautizamos a nuestros barcos o cuando sentimos que un bosque tiene una "energía" especial. La espiritualidad fue la herramienta que nos permitió navegar en un mundo aterrador e incierto, transformando el aislamiento en conexión.
Quiza cometimos el error de aceptar la sumisión religiosa en lugar de mantener ciertas creencias primigenias que nacierosn de la curiosidad y de necesidad de vinculo social.
La próxima vez que veas un rostro que te sea familiar en las nubes, recuerda que esa mirada no es solo tuya, sino el eco de miles de generaciones que, al igual que tu mismo, se negaron a creer que estaban solas en el cosmos.
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