Suena a chiste, pero es historia documentada. 100% Factos como se suele decir. A finales del siglo XIX, en el sanatorio de Battle Creek, Michigan, el doctor John Harvey Kellogg, ferviente adventista del séptimo día, dirigía un centro de salud que mezclaba prácticas médicas con fuertes creencias religiosas. Allí, entre baños fríos, enemas y dietas insípidas, nació uno de los productos alimentarios más emblemáticos de la modernidad: los Corn Flakes.

Pero Kellogg no los creó pensando en el desayuno familiar. Los desarrolló como herramienta terapéutica para suprimir el deseo sexual, especialmente masculino. Según su doctrina, la masturbación era una práctica enfermiza, moralmente corrupta y fisiológicamente degenerativa. Y creía que una dieta blanda, carente de grasas y nutrientes animales, podía “pacificar” los impulsos carnales.
Sí, los Corn Flakes fueron concebidos como un alimento anti-libido. Kellogg pensaba que cuanto más insípida y desnutrida fuera la dieta, más fácil sería mantener a raya las pulsiones sexuales. Su obsesión con la pureza corporal y espiritual le llevó a promover una alimentación basada casi exclusivamente en cereales, leche desnatada y productos altamente refinados. En su visión, la carne —nutriente, potente, vital— era el enemigo.

Y es que la carne despierta. La carne enciende instintos. La carne alimenta la vida sexual, la fertilidad, la vitalidad física y mental. Está cargada de zinc, B12, colesterol estructural, creatina, hierro hemo… todos nutrientes directamente implicados en la producción hormonal, en la dopamina, en la energía. Por eso, en hombres y mujeres, una dieta rica en alimentos animales reales está asociada a un mayor deseo sexual, mejor función eréctil, mayor líbido y un estado de ánimo más encendido.
Así que Kellogg pensó: si le damos a la gente una mezcla de copos de maíz cocidos, aplastados, azucarados y sin grasa, los convertiremos en ciudadanos templados. Sin pulsiones. Sin deseo. Sumisos.
Y así, sin saberlo, millones de personas crecieron comiendo un producto diseñado originalmente para reprimir el erotismo y facilitar el control del cuerpo.
¿Suena descabellado? Prueba a compartirlo en redes sociales. Probablemente te borren la publicación por “desinformación”. Ya ha ocurrido. Aunque sea historia real. Aunque esté documentado. No quieren que lo sepas.
Porque si conocieras los orígenes de muchos de los “alimentos modernos”, empezarías a ver un patrón: la alimentación industrializada no nació para potenciarte, sino para contenerte. Para modular tus instintos, tus hormonas, tu rebeldía.
Así que la próxima vez que veas una caja de cereales con colores brillantes y promesas de “energía y salud”… recuerda que fueron creados para que no te tocaras.
Literalmente.