El acuerdo entre la Unión Europea y el bloque Mercosur se ha presentado oficialmente ante la opinión pública como un avance comercial, pero en el momento en el que lo observas más profundamente desde la lógica productiva del agro-ganadero europeo se puede ver una asimetría profundamente llamativa que va mucho más allá de la competencia clásica entre regiones dentro de este mundo global. Competir implica reglas compartidas o, al menos, costes comparables y en cierto modo equiparables, al menos desde una visión coherente. Pero es que aqui está ocurriendo lo contrario. El productor europeo opera bajo un entramado normativo extremadamente denso que condiciona desde el uso del suelo hasta el manejo animal, mientras su propio marco institucional autoriza la entrada masiva de alimentos producidos bajo estándares que dentro de Europa están directamente prohibidos. No se trata de miedo al comercio, al libre comercio o de nostalgia proteccionista, sino de una contradicción estructural que convierte a la regulación interna en una desventaja económica autoimpuesta.

Lo que entiendo una vez que he hablado con agricultores y ganaderos en convencional o en regenerativo es que la preocupación no es algo retórico, de hecho algo que no se suele decir mucho es que fue reconocida de forma explícita por el entonces comisario de Agricultura Phil Hogan al anticipar un fondo de contingencia de mil millones de euros ante posibles disrupciones de mercado derivadas del acuerdo. Creas el problema ofreciendo una «solución». Ese gesto revela que incluso desde dentro de la propia arquitectura europea se asume que el impacto no será neutro. Cuando una política comercial necesita ser acompañada de ayudas preventivas para amortiguar daños, lo que está admitiendo implícitamente es que algunos sectores competirán en clara inferioridad. Leía atentamente no hace mucho como @JuanPascual4 (twitter) explicaba una caso llamativo, el pollo ilustra bien esta lógica. La cuota prevista equivale a una cantidad de pechuga similar al consumo anual de toda Escandinavia, lo que implica cientos de millones de animales que dejarán de criarse en territorio europeo. ¿Recuerdas el término deslocalización? No es una cuestión simbólica ni anecdótica, es un desplazamiento real de producción.
La diferencia clave no está en la eficiencia técnica, sino en las condiciones de producción. En Europa el espacio por animal, las densidades, los sistemas de cría y los requisitos de bienestar obligan a inversiones elevadas que encarecen cada kilo producido. Lo se. Se lo que estás pensando. Pero no quiero adentrarme en los beneficios de la ganaderia extensiva o los pastizales. No es el momento. En varios países del Mercosur siguen permitidas prácticas eliminadas en Europa hace décadas, como determinados sistemas de jaulas para ponedoras. A ello se suma el uso de fitosanitarios y pesticidas prohibidos en la Unión Europea, más de un centenar, que sin embargo aparecen indirectamente legitimados al permitir la importación de alimentos producidos con ellos tras pasar controles sanitarios. Si esos productos son considerados seguros para el consumidor final, la pregunta incómoda surge sola, por qué se impide a los agricultores europeos utilizar las mismas herramientas que sí se toleran cuando vienen del exterior.
El argumento ambiental tampoco resuelve la paradoja, sino que la agrava. Europa exige trazabilidad y garantías de no deforestación para materias primas como soja, café o cacao, mientras presume con razón de haber reforestado millones de hectáreas en la última década. En paralelo, regiones proveedoras han perdido superficies forestales muy superiores. Aun así, el peso de las obligaciones ambientales recae casi exclusivamente sobre el productor europeo, reduciendo su competitividad frente a sistemas menos exigentes. Lo mismo ocurre con las emisiones. Según datos de la FAO, Europa y América Latina producen volúmenes similares de proteína animal, pero las emisiones asociadas en Europa son aproximadamente la mitad. Pese a ello, la presión fiscal y regulatoria sigue intensificándose dentro de la Unión, mientras se relajan los criterios para quienes producirán una parte creciente de los alimentos que se consumirán aquí. El caso de Dinamarca introduciendo impuestos adicionales a las emisiones del sector ganadero resume bien la sensación de inversión de prioridades.
Resulta difícil sostener de forma coherente un discurso de proximidad, soberanía alimentaria y transición ecológica mientras se abren las puertas a millones de toneladas procedentes de ultramar. Tampoco convence el argumento de que no pueden exigirse cláusulas espejo porque no es legítimo imponer estándares propios a terceros, cuando muchos de esos estándares carecen de una base científica sólida y conviven sin problema con la importación de productos obtenidos bajo prácticas que aquí se consideran inaceptables.
Aquí parece ser que la huella ecológica no importa ¿verdad?
Como apéndice resulta pertinente detenerse en una dimensión que suele quedar diluida en el debate comercial, la huella ecológica asociada al transporte y a la deslocalización productiva de alimentos básicos como la carne, los cereales o las hortalizas cuando se sustituyen producciones de cercanía por importaciones procedentes del Cono Sur americano.
El concepto de huella ecológica no se limita a una cifra abstracta de emisiones de CO₂. Incluye el conjunto de recursos materiales y energéticos necesarios para producir, transformar, conservar y transportar un alimento hasta el punto de consumo, así como los impactos indirectos sobre suelo, agua, biodiversidad y sistemas sociales locales. Cuando se analiza el ciclo completo, la distancia geográfica se convierte en un factor determinante, aunque a menudo se intente minimizar su importancia apelando a economías de escala o a supuestas eficiencias logísticas.
El transporte intercontinental de alimentos implica necesariamente el uso intensivo de combustibles fósiles. Un contenedor refrigerado que cruza el Atlántico desde Sudamérica hasta Europa recorre entre diez mil y doce mil kilómetros, generalmente en grandes buques portacontenedores que utilizan fuelóleo pesado, uno de los derivados del petróleo con mayor contenido en azufre y mayor impacto ambiental. Aunque el transporte marítimo tenga una menor emisión por tonelada y kilómetro que el transporte aéreo, el volumen absoluto y la distancia recorrida hacen que el balance final sea significativo. A ello se suma el transporte terrestre previo y posterior, desde las zonas de producción hasta los puertos de salida y desde los puertos europeos hasta centros logísticos y puntos de venta.
En el caso de la carne, el impacto se amplifica por la necesidad de mantener la cadena de frío durante todo el trayecto. La refrigeración y congelación continuas requieren energía adicional, incrementando el consumo total y las emisiones asociadas. Un kilo de carne producido y consumido en proximidad suele recorrer cientos de kilómetros como máximo, mientras que el mismo kilo importado puede haber atravesado un océano. Esta diferencia no desaparece por el hecho de que el sistema productivo de origen sea más extensivo o disponga de costes laborales más bajos, porque la física del transporte sigue siendo la misma.
Con los vegetales ocurre algo similar, aunque con matices. Productos frescos como frutas, verduras o legumbres requieren también refrigeración y, en algunos casos, atmósferas controladas para evitar su deterioro durante trayectos largos. Buf, Da para hablar esto, pero como ya me conoces no me quiero extender …
Esto implica infraestructuras complejas y un gasto energético sostenido. Además, cuanto mayor es la distancia, mayor es la probabilidad de pérdidas por deterioro, descartes logísticos y desperdicio alimentario, lo que incrementa la huella por unidad efectivamente consumida.
La producción de cercanía presenta, si te paras a verlo bien y pensarlo correctamente en términos generales, una ventaja estructural para el producto y también para el consumidor. Y sí, para las producciones y los animales. Los sistemas locales suelen integrarse mejor en el territorio, reutilizan subproductos, mantienen ciclos de nutrientes más cerrados y reducen la dependencia de embalajes complejos. El transporte corto permite una mayor flexibilidad, menos necesidad de conservación prolongada y una adaptación más rápida a la demanda real, reduciendo excedentes. Desde el punto de vista energético, cada kilómetro no recorrido es energía que no se consume y emisiones que no se generan. Win-Win de toda la vida.
Existe además una dimensión ecológica menos visible pero igual de relevante. La deslocalización productiva suele ir acompañada de una especialización intensiva del territorio exportador. Grandes extensiones dedicadas a monocultivos o a ganadería orientada exclusivamente a la exportación generan presiones sobre el suelo, el agua y los ecosistemas locales. La deforestación, la erosión del suelo y la pérdida de biodiversidad no se contabilizan en el precio final del producto importado, pero forman parte de su huella real. En cambio, los sistemas de proximidad, aun con limitaciones, tienden a estar más regulados y a responder a una mayor vigilancia social y ambiental.
Desde una perspectiva de emisiones globales, resulta paradójico que regiones como la Unión Europea, con estándares ambientales elevados y una intensidad de emisiones relativamente baja por unidad de producto, externalicen parte de su producción alimentaria hacia zonas donde la huella por kilo producido es mayor. Datos de organismos como la FAO muestran que producir proteína animal en Europa genera menos emisiones que hacerlo en amplias áreas de América Latina, debido a diferencias en eficiencia, manejo y tecnologías. Pero al importar esos alimentos se incorporan a la ecuación las emisiones del transporte, anulando parte de la ventaja climática inicial.
El debate no es si el comercio internacional debe existir o no, sino hasta qué punto tiene sentido desde una óptica ecológica sustituir producción cercana por producción lejana cuando los costes ambientales totales son mayores. La proximidad no es una consigna romántica, es una variable física que reduce flujos energéticos innecesarios. En un contexto de transición ecológica y de restricciones energéticas crecientes, ignorar esta realidad implica trasladar impactos al exterior mientras se mantiene una narrativa de sostenibilidad interna.
Al final, el intercambio es transparente, alimentos y carne a cambio de colocar vehículos y maquinaria en otros mercados. Los acuerdos comerciales pueden generar riqueza y abaratar bienes para el consumidor, pero cuando se construyen sobre normas internas que solo se aplican a uno mismo, el resultado no es apertura sino debilitamiento estratégico. En este contexto, la resistencia del campo europeo no responde a una pulsión ideológica, sino a una cuestión de supervivencia productiva. La ratificación aún no está cerrada y países como Francia mantienen reticencias, aunque el equilibrio político es frágil y el impulso de la Comisión, liderada por Ursula von der Leyen, parece decidido. La incógnita es si el agro tendrá aún margen para reaccionar o si Europa seguirá cediendo soberanía alimentaria en nombre de una coherencia que, vista de cerca, hace tiempo que se rompió.